lunes, septiembre 08, 2008

UN LUNES A LAS SIETE DE LA TARDE

El marco referencial es la presentación de un libro póstumo de Joaquín Giannuzzi.
Llego temprano. Doy vueltas en el hall de la Casa de la Lectura (casa que yo personalmente desconocía). Me atiende en el mostrador una mujer amable. Me dice que escriba mi mail en una lista. Después, cuando comienza la presentación, me entero de que esa mujer es Susana Villalba. Falta todavía para que todo empiece. Entro a la sala de lectura, que es un lugar amplio y confortable cuyo fondo, el escenario, está cerrado por grandes ventanales que remiten a un jardín. Estoy un poco perdido; hay poca gente y no conozco a nadie. Me reprocho íntimamente por no haberme comprado el vino que había planeado comprarme y por no haber tomado un par de tragos. Por fin, decido acomodarme en la tercera fila. Me descuelgo del bolso, lo apoyo en una silla y ahí, mientras estoy bajando el bolso hasta la silla, lo veo: Leónidas Lamborghini. Está sentado en la otra punta de la sala, como una efigie indolente que de algún modo me habla de la ausencia. Increíble, para mí, verlo ahí sentado. Dejo el bolso y me acerco a saludarlo. Mientras le doy la mano (más que estrecharme la mano, él me ofrece la suya para se la junte), me sorprendo diciéndole maestro. No sé qué más le digo, pero entonces Lamborghini empieza a hablar, de Giannuzzi, de él, de otros poetas que ellos frecuentaban. En un momento, mirándome a los ojos, dice: "Sucedió que, en un momento, el génesis se produjo en Villa del Parque". Ellos eran el Génesis, los poetas. Me siento, menos por cansancio que por el aura reverencial que parece recubrir a este hombre irónico luego de cada cosa que dice. "Usted fue compañero de colegio de Giannuzzi, no?", pregunto, aclarando que eso fue lo que leí en el prólogo de una antología de poesía. Y otras vez Lamborghini empieza a hablar, sus palabras pasean por Buenos Aires, van nombrando algunas cosas que no sé y otras que sí y desembocan de pronto en Fray Luis de León. "El siglo de oro", digo y pronuncio la palabra Garcilaso. Y Lamborghini dice Góngora, Quevedo. Así pasa un buen rato hasta que me despido. Antes de eso, le pregunto si está escribiendo algo, ahora. "No. No escribo. Yo escribo para que explote el demonio que me habita, cuando ese demonio llega." Con ésas u otras palabras, él dice eso o algo parecido. Cuando menciono mi nombre, Lamborghini pregunta: "Pedro qué?" "Kuy -respondo-. K-u-y. Ka. U. Y griega."
Voy a mi silla, me siento, me sumerjo en la silla, me acomodo, y la sala de lectura se llena de repente.
Entonces, Giannuzzi.
Giannuzzi...
Quizás es demasiado para un solo día.

3 comentarios:

anais dijo...

"No. No escribo. Yo escribo para que explote el demonio que me habita, cuando ese demonio llega."

Pedro, ¿como resististe y sobreviviste a esa tarde?

En tu lugar, creo que hubiera quedado en esa sala...


Güena salú y malos istintos.
a!

Agustín Marangoni dijo...

Gracias Pedro.
Lindo texto el tuyo también.

Alberto dijo...

Buenas letras, si señor.

Un saludo.