miércoles, marzo 19, 2008

CACHIVACHES

No sé cómo sucede. Pasan meses y años, yo me mudo de casa, de ciudad, de vida, y los cuadernos van mudándose conmigo; viajan en cajas, bolsas y bolsitos, son los mudos testigos de esa curiosa obsesión que tuve siempre, esa obsesión que consistía en hallarme, en descubrirme, en el vaivén de la palabra escrita.
Pasan meses y años. Una noche, una noche del año 2008, me pongo a revisar mis cachivaches y saco uno de mis cuadernos al azar. Lo llevo al baño, cierro la puerta, fumo y mientras fumo entreveo las palabras que alguna vez me obsesionaran tanto.
Y me da bronca haber perdido el tiempo. Y a la vez una extraña compasión se desenvuelve en la base de mi estómago. PObre, pienso, pobre ese pibe que escribía estas cosas, alejado del mundo de los otros, buscando qué, qué. Qué buscaba ese pibe delicado que pasaba las horas de las tardes hilvanando palabras en cuadernos?
Y, en verdad, yo no sé cómo sucede, pero, a poco de leer, a poco de leer lo que él escribe, yo siento que ese pibe se levanta y me invita a buscar lo que él buscaba. Sí, pero qué, qué eso que él buscaba, al escribir? Qué eso que él buscaba y que ahora busco?

No lo sé. Por lo pronto, he aquí un poema rimado de ese pibe, cuando, quién sabe a causa de qué influencia, todavía le daba por escribir de tú.





Una intención oculta palpita en el ambiente,
el ámbito hoy vedado al beso de la brisa;
con el mirar ajeno, de modo diferente,
deja que aleje el trazo su pálida premisa.

Del sol que va cubriendo, llevando los cristales
hacia las horas claras, la cama en que yacemos,
ya no sentimos sino vestigios laterales
o vagas sensaciones del cuerpo que perdemos.

Consoladoramente mi mano disimula
con una cariñosa caricia los efectos
del sueño que dilata la mano que la emula
trenzando dedos blandos con dedos insurrectos.

Por qué la boca leve que acaso me deshaga,
que acaso simplemente me labre y me libere,
se pierde en el espacio trizado por la vaga
penumbra paulatina de un mundo que se muere?

Qué tan lejanos luego, dejados de las manos
del dios omnipotente que labra la vigilia,
nos sentiremos meros efluvios inhumanos,
efluvios de un engaño que el sueño reconcilia?

Mas de la luz amena que corre y se deshace
dejándonos el giro de su melancolía,
el cuerpo es ese curso perpetuo del que nace
y tiembla, se deshace, renace la poesía.

(1997)

martes, marzo 18, 2008

MI OBJETO

Pobre, como una tristeza de cosas caídas,
de objetos que dejamos o perdemos
en un rincón del cuarto y que miramos
un día en el futuro, torvamente,
con esa desazón que nos rebasa
cuando en el tiempo la materia tarda, cuando el tiempo
que en la materia tarda nos espera
si vemos un objeto, es lo pasado,
lo siempre necesario, te recuerdo.

Mi luz es ese tiempo en que nacimos
(no acabo de alcanzarme, lo comprendes?),
para no ser ahora lo que era,
para dejar de ser lo que no he sido
sino como el espejo de un espejo
(mi cara no pintaba tu apariencia?)
mi luz es el objeto deslumbrante,
la forma que comulga mi mirada,
comprendes lo que digo, nuestro tiempo?,
con ese objeto que una vida lleva,
que una vida olvidada dilapida
o deja en un rincón o que contempla
y que mira vejarse, tu recuerdo.

Pero pobre, mi luz es ese tiempo.

Cómo he de desechar el pacto, el rito,
la sombra que en la tarde me deshace
para ser una sombra si te miro?

Digo pobre, mi luz cuando te miro,
oh cuerpo de un objeto desasido
que su sombra prolonga y sintetiza,
difiere por el cuarto su dominio
y esa forma, su forma me asimila.

Tan pobre si te veo, si te sigo
y aun pobre cuando logro descuidarte.
Acaso dejarás de ser conmigo
si concibo el objeto de dejarte?




(Noviembre, 23, 1997)

jueves, marzo 06, 2008

PERDIDO ENTRE CUADERNOS

Era el viento y el sol; era el invierno.
Remolinos sonoros, invisibles.
Giraban los lumínicos jirones
de los últimos rayos de la tarde.
Inmóviles, los ojos en los ojos,
callábamos, erguidos sobre el pasto.
Con leves devaneos termitentes
incógnitos oreos relamían
la brevedad mareada de su falda
(la cual flameaba así, como flamean
los símbolos, las velas de los barcos).
El sol con lentitud de ave baleada
dudó, como buscando el occidente,
y al fin decoloró detrás de ella
sesgando los contornos de su cráneo.
(Alguna indócil hebra en la melena
brilló. Miré el contraste paulatino
de sombras en los pómulos.) La tarde.
"Qué pasa?" dijo. "Nada." "Y esas lágrimas?"
Callé; las enjugué con una manga.
Lívidos y vibrátiles, sus labios
arqueáronse despacio, y algo triste
le comprimió los ojos jeroglíficos.
Un reverbero blanco, delincuente
caminó hacia la sombra de las manos
y los dos al unísono corrimos
la dirección del rostro, sin hablarnos:
perfilábase dócil una luna
noctámbula, con halo difusivo.
Un pájaro amarillo la cruzaba;
vimos la estela (se crispó su mano
al tiempo que la mía se crispaba).

Sentí los hormigueos de lo oscuro,
la inherente demencia de lo negro.



(1998)

domingo, marzo 02, 2008

ESE LUGAR

Voy a empezar a andar
y a discernir
y a elegir un lugar
donde morir.

Adónde puede estar
ese lugar?
Lo quiero reiterar:
cerca del mar.

Una casa al final
de un malecón
y yo en el ventanal
o en el balcón.

Allí se agita el mar
cerca de mí.
Ya estoy en mi lugar,
estoy ahí.

lunes, enero 21, 2008

MISHIMA

Yo estaba en el baño, sentado en el inodoro, cagando, hojeando viejos números de Ñ. Clara se dedicaba a cocinar, a tres metros de mí, del otro lado de la puerta. De pronto empezó a decir: “Mishima”, que es el nombre de nuestra gata. “Mishima”, repetía Clara. “Mishima!” “Qué pasa.” “Pedro, no encuentro a Mishima.” Tiro los números de Ñ en un rincón del baño, me lavo, en el bidé, el culo, me pongo un short y salgo a ver qué pasa.
Vivimos en un cuarto piso. En un ambiente que está regularmente sucio. El ambiente se prolonga en un balcón y a través del balcón, a lo lejos, se puede ver el río. Si la gata no estaba adentro, podían haber sucedido dos cosas: se podía haber caído (Clara me aseguró: “El gato, si se cae de un cuarto piso, no se mata”) o bien podía haber saltado al balcón del vecino. (Esta última hipótesis era la más factible, porque, pese a que Clara y yo nos hemos esforzado atando rejas ingentes a las barandas del balcón, poniendo esteras de mimbre entrelazado, acumulando sillas, bicicletas y recurriendo a toda clase de artilugios para que Mishima no consiga hallar un hueco por el cual saltar al balcón del vecino, que es fóbico a los gatos, Mishima salta igual, Mishima gana.
Bueno, la cuestión es que Clara y yo alteramos y dimos vuelta el departamento buscando a la gata hasta en los sitios más insospechados (debajo del motor de la heladera, en la parte de atrás de la mesada, en el horno), pero la gata no estaba en ningún lado.
“En ningún momento abriste la puerta del pasillo?”, le pregunté a Clara repetidas veces. “No”, respondía Clara. “Segura?” “Segura.”
“Entonces, una de dos –dije-: o se cayó o la tiene el vecino.”
Salimos al balcón, a ver. La persiana del balcón del vecino permanecía cerrada, imperturbable.
“Ay, Pedro, cómo la va a tener el vecino” me reprochó Clara.
“Y entonces cómo es que no la vemos reventada en el piso” dije lógicamente mientras, asomado, con una mano en la baranda del balcón, le señalaba a Clara con la otra el piso inmaculado de la planta baja.
“Si la tuviera el vecino –dijo, también lógicamente, Clara- la escucharíamos maullar.” Y eso era cierto; la acústica de este departamento es tan sinuosa que yo puedo saber, por ejemplo, cuál es la música que escucha habitualmente mi vecino o cuáles son las noches venturosas en las que la mujer de arriba llega al coito.
Era muy raro que ahora no se escuchara nada, ni un maullido.
“Mañana –dije- va a haber que hacer una guardia para vigilar al vecino, a ver si sale con alguna bolsa, y también hay que ir a revisar la basura que tira.”
“Ay Pedro, cómo la va a matar! Por qué tenés que tener siempre esas ideas siniestras” dijo Clara.
“Sólo prefiero no omitir esa posibilidad” repliqué.
Era tarde. La una de la mañana, más o menos. Yo, a esa altura, pensaba que ya no vería más a Mishima y que ésa sería una pérdida más entre las pérdidas de la vida. Además, necesitaba tomar mate, así que decidí resignarme e ir a poner la pava a calentar.
Había agarrado el cuaderno, el cuaderno en el que escribo esto, y había garabateado unas palabras, buscando lo que busco cuando me pongo a escribir: que mi universo personal, fatídico, se convierta en un entorno interesante.
Entonces, oí los maullidos, vaguísimos, lejanos, pero audibles, audibles al menos para mis oídos ya que cuando llamé a Clara para que los oyera, ella no consiguió escuchar nada nada.
“Escuchá, pero escuchá” le decía yo. Ella abría bien los ojos, atenta. Luego empezaba a negar con la cabeza.
“Si estoy empezando a tener alucinaciones auditivas –dije-, esto está más complicado de lo que pensaba.”
De todas maneras, la audición de los aullidos por mi parte, era bastante irregular, espaciada. Yo no podía escribir: me imaginaba al vecino agarrando a la gata del cuello, apretándole el cogote para que no hiciera ruido. (Sí, sí, Clara me lo había dicho: Por qué tenía que tener siempre esas ideas siniestras?)
En un momento en el que yo estaba alejado del balcón, vertiendo la yerba seca dentro del mate, Clara vino corriendo a mi lado.
“Pedro, está en el departamento de al lado!”
Clara corrió hacia el balcón y yo corrí tras ella. Vi que hacía un gesto silencioso con la mano, mirando hacia la zona del balcón del vecino; giré la cabeza y estaba ahí, Mishima, con la mitad delantera del cuerpo colgando de un ventanuco, un ventanuco abierto hacia el vacío, más allá y por encima del balcón. “Debe ser la cocina del vecino”, pensé. Mishima quería saltar del ventanuco al balcón pero evidentemente no hallaba un buen sostén para sus patas, porque las estiraba al cielo, rasguñando en el aire, y resbalaba.
“Yo no quiero mirar” dijo Clara y se volvió hacia mí, temblando, con los ojos clavados en el suelo. Mishima, en ese momento, echando todo el cuerpo hacia delante, pudo encontrar un buen punto de fuga y se precipitó, saltó al balcón. Y después, de balcón a balcón, llegó a nosotros.
Ahora duerme, en la cama, a los pies de Clara.
Comienza la madrugada.
Voy a quedarme mirándolas un rato.
Este silencio empieza a hacerme mal.

jueves, enero 17, 2008

Ceniza ceniza
de nuevo ceniza
la risa la casa
la cara de ella

miércoles, diciembre 19, 2007

VIEJOS MUEBLES

Con cada día que pasa
siento que estoy más lejos
de aquellos muebles viejos
de mi casa.

Había dos bibliotecas
en esa habitación.
Recordás mis jaquecas,
corazón?

Como pasaba el día
leyendo, en la penumbra,
buscando la poesía,
la que alumbra,

en un momento dado
a mi cabeza entraba
el mundo desmayado
y estallaba.

Entonces me tiraba
de espaldas en el suelo
y el suelo me quemaba
como hielo.

Podía pasar cien años
en ese estado, quieto,
palpando los peldaños
de un soneto.

(Mi vida no tenía
ningún otro sentido
más que ir tras la poesía
sorprendido.)

Hoy, en cambio, no puedo
echarme sin temblar:
sólo pienso en el miedo
y en el mar.

UN MINUTO EN EL CYBER

Claro. Tuve que empezar a caminar por las calles soleadas, temprano a la mañana. Tuve que entrar. Meterme en un cyber y pedir una máquina. tuve que abrir el Internet Explorer, teclear algunas letras y así verificar que sigo ahí, que existe un Pedro Kuy que se dedica básicamente a escribir, ya sea de forma práctica o virtual, porque suele sucederme que escribo mientras voy en bicicleta, mientras hablo con alguien, mientras río. Pero de todos modos necesito constatar que existe Kuy, este Kuy que se cuelga de una máquina y encuentra una razón de ser en las palabras, las ordena; ejecuta con ellas un trabajo que a veces es prudente en demasía. Otras veces, en cambio, parece no importarle un pito el orden lógico que esas palabras deben guardar para que todo esto no sea más que una guirnalda que le cuelgo del cuello a la mañana, un signo de pregunta que me abrasa, un síntoma del son, una falacia.

lunes, diciembre 10, 2007

LA MUDANZA

Si alguien le hubiera dicho que, en unos meses, iba a estar atendiendo un kiosco, viviendo prácticamente todo el día en el trasfondo del kiosco, sentado ante la PC, elaborando crónicas inútiles, crónicas referidas a su experiencia cotidiana, a Zárate, al trato con la gente zarateña, los vecinos del kiosco, los clientes, la numerosa familia de su novia; si alguien, un tiempo atrás, le hubiera dicho que iba a pasar así sus tardes y sus noches, él, al oír aquello, se hubiera sorprendido demasiado.
Pero no. Nadie se lo había adelantado, sencillamente sucedió de pronto. Una noche, al volver del trabajo, su novia recibió una llamada telefónica, habló durante unos veinte minutos mientras él la miraba indiferente, como un mudo testigo de la realidad, un testigo que parecía no querer hacer nada para intervenir en ella, y cuando al fin Clara colgó, él supo que ella lo había dispuesto todo para que partieran a Zárate en no más de cuarenta y ocho horas.
Era cierto que Clara lo había interrogado respecto del viaje. Le había dicho:
-Le digo a mi mamá que compre el kiosco?
Y también era cierto que el había contestado:
-Sí.
Pero había dicho Sí como quien dice No, no se había detenido a meditarlo; de pronto, mientras Clara le hablaba, él sintió o entrevió, como en un fogonazo, la imagen de un hombre sentado en la trastienda de un kiosquito, pegado al monitor de la PC, escuchando de fondo Para Elisa, escribiendo, escribiendo en tanto afuera cae la lluvia, interrumpiendo a veces la escritura porque alguien toca el timbre y hay que salir a vender un Philip Morris de 10 o un Baggio de manzana, ese tipo de artículos y cosas que las gentes procuran en los kioscos (suburbanos o no) de Buenos Aires.
Pero, qué había de él, de él, de ese él que era él cuando escribía, cuando dejaba aflorar, al escribir, su parte, su perfume más sincero. Eso no lo sabía, porque ahora estaba oyendo hablar a Clara que le hablaba de planes y proyectos, de una vida en común, de cosas prácticas, y mientras las palabras de Clara iban formando aureolas de color en el ambiente, decorando el devenir cercano de un florido futuro promisorio, él sólo podía pensar en las palabras, en las palabras que podría escribir sentado en la trastienda del kiosquito, pegado a la PC, rumiando solo.
O sea: solo.
Solo.
Como siempre.
(Aunque el reptil tenaz de la escritura se colara entre todos esos verbos, tensando la canción de la mudanza, arrumbando los muebles y las cajas rebosantes de libros y sartenes, durmiendo entre las bolsas de consorcio repletas de bombachas y cuadernos, respirando entre todas esas cosas que aparecen de pronto en las mudanzas y que uno creía perdidas para siempre: un librito de Jaime Gil de Biedma, Las personas del verbo, que reúne su obra poética completa, un soneto ancestral que habla de Dios (o de dios, como quieras), unas cuantas revistas pornográficas, una flauta marrón y blanca, dulce, con estuche, una foto de un chico en el zoológico, en Junín, se trata de una foto en blanco y negro y el chico está sentado entre su madre y un tipo llamado Gustavo, que era entonces la pareja de mi vieja, es decir de esa mujer hermosa, de blusa blanca y pantalón con patas de elefante, anchos en los tobillos, como se usaban antes, que era la madre atenta, cuidadosa, de ese chico que fui; en fin, esas cosas extrañas pero propias que el trajín de la mudanza exhuma, las devuelve a la luz, las incorpora al mundo cotidiano. Y el mundo cotidiano ahora es acá, transcurre en Zárate, en un kiosco o mejor: en su trastienda, mientras suena de fondo Para Elisa y yo no hago otra cosa que escribir.)

sábado, noviembre 24, 2007

ZÀRATE

Andando en la costanera,
sobre la moto, sin mí,
quimera de mi quimera,
no sé qué zárate vi.

Como si estuviera afuera
de la ciudad que elegí,
me consumí en mi ceguera,
no sé qué Zárate vi.

Anduve calles y nombres
y por andar, me perdí,
un ánima entre los hombres,
no sé qué Zárate vi.

Lo bueno es que exista un río
que me permita, eso sí,
pensar en el mar, el mío,
el que anda dentro de mí.

Por ese mar codiciado
paseaba, viviendo aquí.
Dormía el río a mi lado...
Yo ya no sé lo que vi.

sábado, noviembre 17, 2007

Nada.

La mañana. La ducha. El gato entra en el baño. Maulla mientras me mira. Qué pasa, gato. Cierro los grifos y me seco. Me pongo el corazoncillo, una remera, levanto la persiana y miro afuera. Vivo en el cuarto piso de un edificio coqueto, uno de los tres o cuatro edificios altos que debe haber en Zárate. No sé. Ahí está la ciudad con sus casitas, los patios matinales, mucho verde, la línea azul del río, hacia el final, donde el agua se junta con cielo...
Paloma no está conmigo. Mañana, para encontrarme con ella, debo tomar el Chevallier (o como diablos sea que se escriba) hasta Once. Una hora y media de viaje, más o menos, dependiendo del tránsito en la ruta, del chofer.
Desde que vine, Paloma pasa conmigo tres o cuatro días por semana. Vamos a andar en moto, cantando histriónicamente mientras el viento nos cachetea. Gritamos mientras vamos en el aire, al azar de las calles zarateñas. El otro día, fuimos a la costanera, dejamos la moto en el pasto y nos pusimos a tirar piedras al río.
-Sabés hacer sapito? -le pregunté.
-No.
Me agaché, seleccioné un par de piedras romas de entre las piedras del suelo y las tiré sobre la superficie del agua procurando que las piedras rebotaran, que rebotaran en el agua un par de veces, antes de hundirse definitivamente.
No sé, esto lo cuento ahora pero más me gustaría dibujarlo. Si pudiera (si supiera) haría una pintura al óleo con ese motivo: un hombre, una niña, un cielo de color púrpura y el río. En el aire, un leve punto difuso sería la piedra cayendo.
Tal vez, si llegara a pintar ese cuadro alguna vez, algún ocasional espectador podría formularse esta pregunta, al verlo:
-Por qué siento que está cargado de tristeza, el hombre junto a la niña? Qué le pasa a ese hombre? Por qué sufre?


Qué bárbaro. Creo que ya no puedo escribir nada.

viernes, noviembre 02, 2007

ZÁRATE

Señoras y señores, eventuales paseantes, internautas: se confirmó, es un hecho: me voy a vivir a Zárate. OOOOOOHHHHHHHH!!!!!!!!! Y ahora? No sé. Va a haber una cantidad de cosas nuevas para mí, para estos ojos miopes inundados de ciudad, de asfalto. Tengo el secreto deseo de que en Zárate exista un mundo paralelo, un tiempo diferente, un oasis. Cada mudanza es una muerte. O sea: agonizo; en cuanto vea que empiezo a renacer, este espacio se va a llenar de Zárate y a su vez Zárate se llenará de mí, supongo.
En fin, vamos a ver.

domingo, octubre 28, 2007

MISANTROPÍA

El hombre al que más odiaba se había mudado al departamento de al lado, ahora era su vecino. El día que se encontraran en el pasillo, el debería matarlo, a menos que fuera su vecino quien lo matara a él. De noche, sentado en el inodoro, mientras cagaba, se oía en su baño, ahí, a su lado, la voz del odiado. Evidentemente, la pared del baño era muy fina: dejaba pasar muy fácilmente la voz que lo enceguecía. No había nada que lo hiciera sufrir más, nada que le causara tanta vergüenza de sí mismo.Pero eso no era lo peor. Lo peor era que su vecino no lo conocía.

martes, octubre 23, 2007

INCLINO MI CABEZA

Inclino mi cabeza para pensar el día
Detestados rincones de razón
con luz espúrea y amorosa muerte
los entreabro
palpita el entretiempo de mi espera
mi entrelazado son y su instrumento
mi entrepierna también
se purifican

Acometo y agobio mis ideas
las asalto
casi a paso de preso en el espacio
que delimita el sol en el sangrado
y consagrado piso de la celda

Mi corazón se inclina mi cabeza
se inclina el instrumento
de mi amorosa muerte se desata

casi a paso de preso me persigo
permanezco un instante en el espacio
que delimita el son desconocido

Ah pensamiento amor sin tu artificio
qué quedaría del ser en que persisto?

miércoles, octubre 17, 2007

DACTILOGRAFÍA

No está mal, no?, que un blog me acompañe, a manera de diario. El punto es que siento que todo lo que escribo es un fiasco. Pienso en mandar el blog a la concha de su madre, deshacerme de él, suprimirlo, pero necesito un instante nada más para entender que, de hacerlo, de todos modos seguiría escribiendo en cuadernos que luego van llenar cajas que luego habrá que guardar en lo alto del placard, bien atrás, para que no jodan cuando uno busca otra cosa.
Entonces? Qué? Entonces prefiero almacenar esto virtualmente, aunque lamento y extraño el acto mecánico de escribir a mano. Pienso que (y esto se me está ocurriendo ahora) el hecho de escribir en un teclado me obliga a pensar más en lo que escribo; en cambio la escritura manuscrita guarda una relación directa con ese yo que no soy yo, o en todo caso que es mi yo más instintivo; con ese yo que surge, cuando escribo, y también guarda relación con lo anterior, con el pasado (porque uno aprende a escribir a mano a partir de los tres o cuatro años y ésa es, junto con el dibujo, una de las primeras herramientas que uno encuentra para indagarse, pensarse, conocerse, en cambio en mi caso el aprendizaje del manejo de un teclado comenzó a los quince o dieciséis años en un curso de dactilografía que dictaba un hombre gordo llamado Cortegoso. Ese hombre tenía un cargo, en el colegio al que yo asistía, cargo cuyo nombre siempre me pareció curioso: Prefecto de disciplina. En ese entonces yo no sabía muy bien lo que era un prefecto –ahora tampoco lo sé con certeza, pero voy al diccionario y ahí aparecen floridas definiciones- y me gustaba repetir en soledad las tres palabras: “Prefecto de disciplina”, “Prefecto”, porque, sin dejar de sentirlo de manera irónica, para mí el nombre tenía algo de título nobiliario, algo de extraño, algo que yo de algún modo agradecía porque era un condimento más que aderezaba el día).
Ahí aparece ese yo del que hablo más arriba. Comienzo a escribir para hablar no sé de qué; luego, a medida que la escritura avanza, veo que quería hablar de esa idea que tuve esta mañana: suprimir el blog, deshacerme de él, pero eso de inmediato me hace pensar en mí, escribiendo en cuadernos, en papeles, y resulta bastante natural que esa imagen me lleve a hablar de la escritura misma, o sea del acto mecánico de escribir. He ahí mi tema, me digo. Lo que me obsesiona es la escritura. Pero no preví que, amparado por un paréntesis, iba a aparecer de pronto Cortegoso, el taller de dactilografía que él dictaba (para el que había que quedarse después de clases dos veces por semana) y el recuerdo que tengo de mí mismo, en esa época. Eso, ese recuerdo, lo acerca a mi escritura el yo instintivo, ese yo que necesito que aparezca, cuando escribo, porque si no, para mí, escribir, no tiene ningún sentido.
Cortegoso era obeso, como dije, se peinaba a la gomina y recuerdo que le gustaba el fútbol. Lo recuerdo por un hecho secundario. Mi compañero de banco, Mariano Biglia, intercambiaba con él videocasetes que contenían, no sé, todos los partidos de Boca del año 85, digamos (a mí nunca me interesó fervientemente el fútbol, como espectador; sí jugaba, y creo que no jugaba demasiado mal, cada vez que se armaba un partido en el colegio).
Ya no sé qué es lo que estoy contando, pero quiero decir que Cortegoso, en las clases de dactilografía, se esmeraba de corazón para lograr que nosotros aprendiéramos a poner los dedos correctamente encima de las teclas.
-A S D F G, Ñ L K J H –repetía mientras los que estábamos ahí (el curso era opcional, así que si uno estaba ahí era porque quería) llenábamos hojas y hojas de ejercicios, aporreábamos las máquinas sin pausa.
No duré un año en ese colegio. Era un colegio privado, religioso, y mi vieja ya no podía pagarlo o le costaba mucho. Pobre, mi vieja. Lo cierto es que hubo que tramitar el pase antes de fin de año y de la noche a la mañana yo me vi en el aula de un colegio estatal, con nuevos compañeros y el recuerdo, entre tantas otras cosas, de un hombre gordo llamado Cortegoso que me dijo un par de veces: “Kuy, hay que insistir, hay que insistir”. Si de algún modo, algún día, él llegara a recibir este mensaje, quiero que sepa que le estoy agradecido.

Otro día voy a seguir con ese tema, con el tema del estudio en esa época. Tal vez cuente cómo pasé, de pronto, de ser un buen estudiante que obtenía notas honrosas, a ser uno de los peores estudiantes de la clase y a encariñarme demasiado con la calle, la música de blues y el vino tinto.

lunes, octubre 15, 2007

LO FANTÁSTICO/ LA MEMORIA/ JOHN HOWELL

"Yo he sido siempre y primordialmente considerado como un prosista. La poesía es un poco mi juego secreto, la guardo casi enteramente para mí y me conmueve que esta noche dos personas diferentes hayan aludido a lo que yo he podido hacer en el campo de la poesía. (...) he pensado que me gustaría hablarles concretamente de literatura, de una forma de literatura: el cuento fantástico.
Yo he escrito una cantidad probablemente excesiva de cuentos, de los cuales la inmensa mayoría son cuentos de tipo fantástico. El problema, como siempre, está en saber qué es lo fantástico. Es inútil ir al diccionario, yo no me molestaría en hacerlo, habrá una definición, que será aparentemente impecable, pero una vez que la hayamos leído los elementos imponderables de lo fantástico, tanto en la literatura como en la realidad, se escaparán de esa definición.
Ya no sé quién dijo, una vez, hablando de la posible definición de la poesía, que la poesía es eso que se queda afuera, cuando hemos terminado de definir la poesía. Creo que esa misma definición podría aplicarse a lo fantástico, de modo que, en vez de buscar una definición preceptiva de lo que es lo fantástico, en la literatura o fuera de ella, yo pienso que es mejor que cada uno de ustedes, como lo hago yo mismo, consulte su propio mundo interior, sus propias vivencias, y se plantee personalmente el problema de esas situaciones, de esas irrupciones, de esas llamadas coincidencias en que de golpe nuestra inteligencia y nuestra sensibilidad tienen la impresión de que las leyes, a que obedecemos habitualmente, no se cumplen del todo o se están cumpliendo de una manera parcial, o están dando su lugar a una excepción.
Ese sentimiento de lo fantástico, como me gusta llamarle, porque creo que es sobre todo un sentimiento e incluso un poco visceral, ese sentimiento me acompaña a mí desde el comienzo de mi vida, desde muy pequeño, antes, mucho antes de comenzar a escribir, me negué a aceptar la realidad tal como pretendían imponérmela y explicármela mis padres y mis maestros. Yo vi siempre el mundo de una manera distinta, sentí siempre, que entre dos cosas que parecen perfectamente delimitadas y separadas, hay intersticios por los cuales, para mí al menos, pasaba, se colaba, un elemento, que no podía explicarse con leyes, que no podía explicarse con lógica, que no podía explicarse con la inteligencia razonante.
Ese sentimiento, que creo que se refleja en la mayoría de mis cuentos, podríamos calificarlo de extrañamiento; en cualquier momento les puede suceder a ustedes, les habrá sucedido, a mí me sucede todo el tiempo, en cualquier momento que podemos calificar de prosaico, en la cama, en el ómnibus, bajo la ducha, hablando, caminando o leyendo, hay como pequeños paréntesis en esa realidad y es por ahí, donde una sensibilidad preparada a ese tipo de experiencias siente la presencia de algo diferente, siente, en otras palabras, lo que podemos llamar lo fantástico. Eso no es ninguna cosa excepcional, para gente dotada de sensibilidad para lo fantástico, ese sentimiento, ese extrañamiento, está ahí, a cada paso, vuelvo a decirlo, en cualquier momento y consiste sobre todo en el hecho de que las pautas de la lógica, de la causalidad del tiempo, del espacio, todo lo que nuestra inteligencia acepta desde Aristóteles como inamovible, seguro y tranquilizado se ve bruscamente sacudido, como conmovido, por una especie de, de viento interior, que los desplaza y que los hace cambiar.
Un gran poeta francés de comienzos de este siglo, Alfred Jarry, el autor de tantas novelas y poemas muy hermosos, dijo una vez, que lo que a él le interesaba verdaderamente no eran las leyes, sino las excepciones de las leyes; cuando había una excepción, para él había una realidad misteriosa y fantástica que valía la pena explorar, y toda su obra, toda su poesía, todo su trabajo interior, estuvo siempre encaminado a buscar, no las tres cosas legisladas por la lógica aristotélica, sino las excepciones por las cuales podía pasar, podía colarse lo misterioso, lo fantástico, y todo eso no crean ustedes que tiene nada de sobrenatural, de mágico, o de esotérico; insisto en que por el contrario, ese sentimiento es tan natural para algunas personas, en este caso pienso en mí mismo o pienso en Jarry a quien acabo de citar, y pienso en general en todos los poetas; ese sentimiento de estar inmerso en un misterio continuo, del cual el mundo que estamos viviendo en este instante es solamente una parte, ese sentimiento no tiene nada de sobrenatural, ni nada de extraordinario, precisamente cuando se lo acepta como lo he hecho yo, con humildad, con naturalidad, es entonces cuando se lo capta, se lo recibe multiplicadamente cada vez con más fuerza; yo diría, aunque esto pueda escandalizar a espíritus positivos o positivistas, yo diría que disciplinas como la ciencia o como la filosofía están en los umbrales de la explicación de la realidad, pero no han explicado toda la realidad, a medida que se avanza en el campo filosófico o en el científico, los misterios se van multiplicando, en nuestra vida interior es exactamente lo mismo.
Si quieren un ejemplo para salir un poco de este terreno un tanto abstracto, piensen solamente en eso que utilizamos continuamente y que es nuestra memoria. Cualquier tratado de psicología nos va a dar una definición de la memoria, nos va a dar las leyes de la memoria, nos va a dar los mecanismos de funcionamiento de la memoria. Y bien, yo sostengo que la memoria es uno de esos umbrales frente a los cuales se detiene la ciencia, porque no puede explicar su misterio esencial, esa memoria que nos define como hombres, porque sin ella seríamos como plantas o piedras; en primer lugar, no sé si alguna vez se les ocurrió pensarlo, pero esa memoria es doble; tenemos dos memorias, una que es activa, de la cual podemos servirnos en cualquier circunstancia práctica y otra que es una memoria pasiva, que hace lo que le da la gana: sobre la cual no tenemos ningún control.
Jorge Luis Borges escribió un cuento que se llama “Funes el memorioso”, es un cuento fantástico, en el sentido de que el personaje Funes, a diferencia de todos nosotros, es un hombre que posee una memoria que no ha olvidado nada, y cada vez que Funes ha mirado un árbol a lo largo de su vida, su memoria ha guardado el recuerdo de cada una de las hojas de ese árbol, de cada una de las irisaciones de las gotas de agua en el mar, la acumulación de todas las sensaciones y de todas las experiencias de la vida están presentes en la memoria de ese hombre. Curiosamente en nuestro caso es posible, es posible que todos nosotros seamos como Funes, pero esa acumulación en la memoria de todas nuestras experiencias pertenecen a la memoria pasiva, y esa memoria solamente nos entrega lo que ella quiere.
Para completar el ejemplo si cualquiera de ustedes piensa en el número de teléfono de su casa, su memoria activa le da ese número, nadie lo ha olvidado, pero si en este momento, a los que de ustedes les guste la música de cámara, les pregunto cómo es el tema del andante del cuarteto 427 de Mozart, es evidente que, a menos de ser un músico profesional, ninguno de ustedes ni yo podemos silbar ese tema y, sin embargo, si nos gusta la música y conocemos la obra de Mozart, bastará que alguien ponga el disco con ese cuarteto y apenas surja el tema nuestra memoria lo continuará. Comprenderemos en ese instante que lo conocíamos, conocemos ese tema porque lo hemos escuchado muchas veces, pero activamente, positivamente, no podemos extraerlo de ese fondo, donde quizá como Funes, tenemos guardado todo lo que hemos visto, oído, vivido.
Lo fantástico y lo misterioso no son solamente las grandes imaginaciones del cine, de la literatura, los cuentos y las novelas. Está presente en nosotros mismos, en eso que es nuestra psiquis y que ni la ciencia, ni la filosofía consiguen explicar más que de una manera primaria y rudimentaria.
Ahora bien, si de ahí, ya en una forma un poco más concreta, nos pasamos a la literatura, yo creo que ustedes están en general de acuerdo que el cuento, como género literario, es un poco la casa, la habitación de lo fantástico. Hay novelas con elementos fantásticos, pero son siempre un tanto subsidiarios, el cuento en cambio, como un fenómeno bastante inexplicable, en todo caso para mí, le ofrece una casa a lo fantástico; lo fantástico encuentra la posibilidad de instalarse en un cuento y eso quedó demostrado para siempre en la obra de un hombre que es el creador del cuento moderno y que se llamó Edgar Allan Poe. A partir del día en que Poe escribió la serie genial de su cuento fantástico, esa casa de lo fantástico, que es el cuento, se multiplicó en las literaturas de todo el mundo y además sucedió una cosa muy curiosa y es que América Latina, que no parecía particularmente preparada para el cuento fantástico, ha resultado ser una de las zonas culturales del planeta, donde el cuento fantástico ha alcanzado sus exponentes, algunos de sus exponentes más altos. Piensen, los que se preocupan en especial de literatura, piensen en el panorama de un país como Francia, Italia o España, el cuento fantástico no existe o existe muy poco y no interesa, ni a autores, ni a lectores; mientras que, en América Latina, sobre todo en algunos países del cono sur: en el Uruguay , en la Argentina... ha habido esa presencia de lo fantástico que los escritores han traducido a través del cuento. Cómo es posible que en un plazo de treinta años el Uruguay y la Argentina hayan dado tres de los mayores cuentistas de literatura fantástica de la literatura moderna. Estoy naturalmente citando a Horacio Quiroga, a Jorge Luis Borges y al uruguayo Felisberto Hernández, todavía, injustamente, mucho menos conocido.
En la literatura lo fantástico encuentra su vehículo y su casa natural en el cuento y entonces, a mí personalmente no me sorprende, que habiendo vivido siempre con la sensación de que entre lo fantástico y lo real no había límites precisos, cuando empecé a escribir cuentos ellos fueran de una manera casi natural, yo diría casi fatal, cuentos fantásticos.
(...) Elijo para demostrar lo fantástico uno de mis cuentos, La noche boca arriba, y cuya historia, resumida muy sintéticamente, es la de un hombre que sale de su casa en la ciudad de París, una mañana, en una motocicleta y va a su trabajo, observando, mientras conduce su moto, los altos edificios de concreto, las casas, los semáforos y en un momento dado equivoca una luz de semáforo y tiene un accidente y se destroza un brazo, pierde el sentido y al salir del desmayo, lo han llevado al hospital, lo han vendado y está en una cama, ese hombre tiene fiebre y tiene tiempo, tendrá mucho tiempo, muchas semanas para pensar, está en un estado de sopor, como consecuencia del accidente y de los medicamentos que le han dado; entonces se adormece y tiene un sueño; sueña curiosamente que es un indio mexicano de la época de los aztecas, que está perdido entre las ciénagas y se siente perseguido por una tribu enemiga, justamente los aztecas que practicaban aquello que se llamaba la guerra florida y que consistía en capturar enemigos para sacrificarlos en el altar de los dioses.
Todos hemos tenido y tenemos pesadillas así. Siente que los enemigos se acercan en la noche y en el momento de la máxima angustia se despierta y se encuentra en su cama de hospital y respira entonces aliviado, porque comprende que ha estado soñando, pero en el momento en que se duerme la pesadilla continúa, como pasa a veces y entonces, aunque él huye y lucha es finalmente capturado por sus enemigos, que lo atan y lo arrastran hacia la gran pirámide, en lo alto de la cual están ardiendo las hogueras del sacrificio y lo está esperando el sacerdote con el puñal de piedra para abrirle el pecho y quitarle el corazón. Mientras lo suben por la escalera, en esa última desesperación, el hombre hace un esfuerzo por evitar la pesadilla, por despertarse y lo consigue; vuelve a despertarse otra vez en su cama de hospital, pero la impresión de la pesadilla ha sido tan intensa, tan fuerte y el sopor que lo envuelve es tan grande, que poco a poco, a pesar de que él quisiera quedarse del lado de la vigilia, del lado de la seguridad, se hunde nuevamente en la pesadilla y siente que nada ha cambiado. En el minuto final tiene la revelación. Eso no era una pesadilla, eso era la realidad; el verdadero sueño era el otro. Él era un pobre indio, que soñó con una extraña, impensable ciudad de edificios de concreto, de luces que no eran antorchas, y de un extraño vehículo, misterioso, en el cual se desplazaba, por una calle.
Si les he contado muy mal este cuento es porque me parece que refleja suficientemente la inversión de valores, la polarización de valores, que tiene para mí lo fantástico y, quisiera decirles además, que esta noción de lo fantástico no se da solamente en la literatura, sino que se proyecta de una manera perfectamente natural en mi vida propia.
Terminaré este pequeño recuento de anécdotas con algo que me ha sucedido hace aproximadamente un año. Ocho años atrás escribí un cuento fantástico que se llama “Instrucciones para John Howell”, no les voy a contar el cuento; la situación central es la de un hombre que va al teatro y asiste al primer acto de una comedia, más o menos banal, que no le interesa demasiado; en el intervalo entre el primero y el segundo acto dos personas lo invitan a seguirlos y lo llevan a los camerinos, y antes de que él pueda darse cuenta de lo que está sucediendo, le ponen una peluca, le ponen unos anteojos y le dicen que en el segundo acto él va a representar el papel del actor que había visto antes y que se llama John Howell en la pieza.
“Usted será John Howell”. Él quiere protestar y preguntar qué clase de broma estúpida es esa, pero se da cuenta en el momento de que hay una amenaza latente, de que si él se resiste puede pasarle algo muy grave, pueden matarlo. Antes de darse cuenta de nada escucha que le dicen “salga a escena, improvise, haga lo que quiera, el juego es así”, y lo empujan y él se encuentra ante el público... No les voy a contar el final del cuento, que es fantástico, pero sí lo que sucedió después.
El año pasado recibí desde Nueva York una carta firmada por una persona que se llama John Howell. Esa persona me decía lo siguiente: “Yo me llamo John Howell, soy un estudiante de la universidad de Columbia, y me ha sucedido esto; yo había leído varios libros suyos, que me habían gustado, que me habían interesado, a tal punto que estuve en París hace dos años y por timidez no me animé a buscarlo y hablar con usted. En el hotel escribí un cuento en el cual usted es el protagonista, es decir que, como París me ha gustado mucho, y usted vive en París, me pareció un homenaje, una prueba de amistad, aunque no nos conociéramos, hacerlo intervenir a usted como personaje. Luego, volví a N.Y, me encontré con un amigo que tiene un conjunto de teatro de aficionados y me invitó a participar en una representación; yo no soy actor, decía John, y no tenía muchas ganas de hacer eso, pero mi amigo insistió porque había otro actor enfermo. Insistió y entonces yo me aprendí el papel en dos o tres días y me divertí bastante. En ese momento entré en una librería y encontré un libro de cuentos suyos donde había un cuento que se llamaba “Instrucciones para John Howell”. ¿Cómo puede usted explicarme esto, agregaba, cómo es posible que usted haya escrito un cuento sobre alguien que se llama John Howell, que también entra de alguna manera un poco forzado en el teatro, y yo, John Howell, he escrito en París un cuento sobre alguien que se llama Julio Cortázar.
Yo los dejo a ustedes con esta pequeña apertura, sobre el misterio y lo fantástico, para que cada uno apele a su propia imaginación y a su propia reflexión y desde luego, a partir de este minuto estoy dispuesto a dialogar y a contestar, como pueda, las preguntas que me hagan."
FIN JULIO CORTAZAR

sábado, octubre 13, 2007

EL HOMBRE QUE IMAGINA

Las imágenes frágiles, los días
desprovistos de amor, deshabitados
son las casas precarias y vacías
en las que vivo tiempos incontados.

En ellas, en las casas, me adormezco
y en cada habitación busco un abrigo
que no me desagrade; que merezco
tan sólo por querer estar conmigo.

Así voy descubriendo, mientras pasa
la vida, sin que yo repare en ella,
a cada paso una incesante casa
que guarda el recorrido de mi huella.

Y en cada habitación hay una espera
y en cada espera un hombre que imagina
que todo lo que es mágico termina
y agota por lo tanto mi quimera.

Y de pronto es así, desaparezco:
las frágiles imágenes, las cosas
que obraban esas casas prodigiosas
son algo que no soy,que no merezco.

Ya no merezco ser porque no quiero
toparme con el hombre que me espera
en cada habitación. (A su manera
ese hombre es mi solaz y mi loquero.)

Cómo puedo evitarlo? Cómo puedo
hacer que también él desaparezca?
Lo ignoro; él es el límite del miedo
que hace que en cada casa me adormezca.

viernes, octubre 12, 2007

ESPAÑA, A FULL





Qué son esos acordes, vida mía?
(Ése es el año en el que yo nací.)
Qué pretendía Paco de Lucía
tocando esa guitarra para mí?

A LOS QUINCE AÑOS NO SE SABE MÁS





A los catorce o quince años, yo escuchaba mucho la radio, por la noche. Solía oír algún programa hasta la madrugada. Después, apagaba la radio y escribía. Y qué escribía, yo, a los catorce o quince? No sé, y eso no importa ahora.
UNa noche, tal vez echado en el suelo, a oscuras, cuando mi habitación era mi mundo, apareció en la radio esta canción, esas voces cantando en catalán. Esas voces...
Yo pensaba, a mis quince, adónde está el amor, mi amor, adónde.

No sé si ahora estoy envejeciendo o volviendo a aquella adolescencia, pero no logro escuchar esta canción sin colgarme, de nuevo, como entonces.

Me bastaban esas tres frases hechas,
que entonaba aquel trasnochado galán,
de historias de amor, sueños de poetas,
a los 31, no se sabe más.

LORCA, EN ESA VOZ